JOSÉ JERÍ: ¿LA ‘MÁQUINA’ DE LA “CORRUPCIÓN” EN ÁNCASH?

Un mes después de la visita presidencial, la región sigue esperando algo más que discursos, himnos y gestos para la foto.

José Jerí llegó a Huaraz entre bombos, seguridad reforzada y frases cuidadosamente ensayadas. Dijo que venía a “conocer de primera mano las prioridades más urgentes de la región”. Lo dijo con la solemnidad de quien descubre un territorio ajeno. Pero no era cierto.

José Jerí no es un visitante ocasional de Áncash. Es un político que ya caminó sus pasillos de poder.

Antes de ocupar Palacio, antes de sentarse en el Congreso y antes de convertirse en presidente por sucesión constitucional, Jerí fue funcionario del Gobierno Regional de Áncash, durante una de las gestiones más cuestionadas de los últimos años: la de Juan Carlos Morillo Ulloa.

CUANDO JERÍ ERA PARTE DEL PROBLEMA, NO DEL DISCURSO

Entre 2019 y 2020, José Jerí ocupó cargos estratégicos en el GORE Áncash: primero como Procurador Público Adjunto Regional y luego como Secretario General. No eran puestos decorativos. Eran cargos desde los cuales se ve —y se decide— todo: informes de Contraloría, procesos administrativos, conflictos legales, contratos y obras.

Fue la época en la que Áncash volvió a aparecer en titulares nacionales por corrupción, detenciones y redes enquistadas en el Estado. Morillo terminó encarcelado. Funcionarios fueron investigados. Obras quedaron paralizadas.

Y Jerí estaba ahí.
No como espectador.
Como parte de la maquinaria administrativa.

Por eso resulta legítimo preguntar:
👉 ¿Qué realidad vino a conocer a Huaraz si ya la conocía desde adentro?

UNA VISITA PRESIDENCIAL SIN MEMORIA

El 26 de noviembre de 2025, ya como presidente interino, Jerí regresó a Áncash. Esta vez con banda presidencial, escoltas y cámaras. Supervisó ferias, habló de inseguridad y prometió presencia del Estado. Todo correcto. Todo repetido. Todo genérico.

No hubo anuncios estructurales.
No hubo compromisos específicos.
No hubo fechas, presupuestos ni decisiones políticas capaces de alterar el curso de una región históricamente golpeada por la improvisación y la corrupción.

Fue, en los hechos, un saludo a la bandera. Literal y políticamente.

LA ESCENA QUE RESUMIÓ LA VISITA

Si hubo un momento que retrató mejor que cualquier discurso la lógica del poder central, fue el episodio protagonizado por la exprefecta regional de Áncash, Pamela Edith Serafín Almonacín.

Durante el acto oficial en la Plaza de Armas de Huaraz, la prefecta se ubicó al lado del presidente, como corresponde al protocolo. Segundos después, un agente de Seguridad del Estado le ordenó retirarse. Ante su inmovilidad inicial, un policía la tomó por la cintura y la desplazó, relegándola del grupo central de autoridades.

El presidente no intervino.
No preguntó.
No miró.
No incomodó al poder que lo rodea.

La escena fue incómoda, innecesaria y profundamente simbólica: las regiones se mueven solo cuando el centro lo permite; el resto estorba.

Hasta hoy, no hay pronunciamiento oficial.

DEL GOBIERNO A TIKTOK: “EL PERÚ A TODA MÁQUINA”

Días después, la PCM oficializó el uso obligatorio del lema “¡El Perú a toda máquina!” en toda la publicidad estatal. No es casual. El gobierno de Jerí ha optado por la narrativa del movimiento, aunque el país siga estancado.

El eslogan no nace de un plan de desarrollo ni de una política pública. Nace de un episodio viral, de un baile, de una canción popularizada en TikTok. El poder convertido en contenido. El Estado reducido a tendencia.

Mientras tanto, en regiones como Áncash, las máquinas reales —las de las obras— siguen apagadas.

CONOCE ÁNCASH, PERO NO LA ESCUCHA

José Jerí sí conoce Áncash. Conoce su burocracia, sus pasillos, sus silencios administrativos. Los conoció cuando fue funcionario.

Lo que no queda claro es si aprendió algo de esa experiencia.

Porque quien conoce la región no viene solo a tomarse la foto.
Quien conoce la región no repite discursos vacíos.
Quien conoce la región no reduce su visita a protocolo y viralidad.

José Jerí no gobierna en el vacío.

Alrededor del poder, viejos actores de la gestión de Juan Carlos Morillo vuelven a aparecer, esta vez bajo el sello de Somos Perú, el partido que hoy conduce el Ejecutivo. Figuras como Rafael Poma, vinculado a ese entorno regional, o el consejero Alex Peláez, hoy candidato a diputado por Somos Perú, evidencian que las redes políticas forjadas en Áncash no desaparecieron con los procesos judiciales ni con el cambio de gobierno: se reacomodaron.

No es una acusación.
Es una constatación política.

En una región marcada por escándalos de corrupción, gestiones fallidas y promesas incumplidas, la cercanía de los mismos nombres al poder central obliga a mirar con cautela el discurso de renovación. Porque cuando quienes estuvieron cerca del pasado vuelven a caminar junto al presente, la política deja de ser memoria y empieza a parecer repetición.

Y Áncash —que ya pagó demasiado caro por esa repetición— tiene derecho a algo más que visitas presidenciales, lemas publicitarios y viejas amistades recicladas en el poder.

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